¿Cuánto valen los datos que revelas en la red?

En un mundo cada vez más informatizado, la mayoría de los internautas se ha acostumbrado –o resignado- a ceder información personal en Internet sin especial resquemor, casi como si se tratara de una contraprestación ‘en especie’ por utilizar gratis determinados servicios: buscadores como Google, cuentas de correo… Nada nos cobran por esos datos, y nosotros les regalamos a cambio más o menos gustosamente valiosísima información que ellos –o terceros- pueden utilizar en su favor para infinidad de cosas. Por ejemplo, y sobre todo, para dirigirnos publicidad que sea de nuestro interés. ¿Estamos haciendo un buen negocio? ¿Cuánto valen nuestros datos y cuánto el servicio que estamos recibiendo a cambio de ellos y de la posibilidad de que se vendan a otras empresas?

Se trata de uno de los grandes misterios de la red. No es fácil cuantificar qué valor tiene esta información y, por otro lado, no es lo mismo ceder datos con valor comercial (nuestras búsquedas como reflejo de nuestros gustos a la hora de consumir, por ejemplo) que otros de uso más limitado. Lo que sí está claro es que existe ese universo del ‘big data’ que sistematiza y extrae datos ‘macro’ sobre los hábitos de determinadas poblaciones, información altamente valiosa para las empresas, que pueden redirigir sus esfuerzos comerciales en función de lo que con certeza saben que prefieren determinados tipos de usuarios.

¿Qué datos cedemos en la web?

Ese gigante llamado ‘big data’ está formado por millones y millones de datos personales que se generan constantemente y a velocidad vertiginosa por cada uno de nosotros. Cada vez que mandamos un mail, un WhatsApp, publicamos en Facebook, tuiteamos, hacemos una búsqueda en Google o visualizamos un video en Youtube, estamos generando datos que son recogidos y analizados en conjunto, extrayéndose de ellos información valiosísima. Lo mismo se aplica a transacciones bancarias y a otros muchos servicios.

Del mismo modo, existen herramientas que analizan incluso los movimientos de ratón, que quedan grabados en mapas de calor y que registran cuánto tiempo pasamos en cada página y cuándo las visitamos. La evolución de herramientas como el GPS también ha supuesto un antes y un después en la recopilación de datos. El volumen es, por tanto, extremadamente elevado.

Tal vez no exista un interés personal por saber quién es cada uno de nosotros (probablemente ninguna empresa esté interesada en espiarnos), pero desde luego si lo hay por saber qué nos gusta, qué consumimos y dónde lo hacemos.

Lo curioso es que la mayoría de los datos que ‘regalamos’ se acumulan sin que seamos siquiera conscientes de ello: basta con que aceptemos las reglas del juego cuando accedemos a un servicio gratuito en Internet para que esa maquinaria comience a funcionar. ¿La parte buena? La llegada de la web 3.0. promete ofrecernos una experiencia muy personalizada y acercarnos aquellos contenidos, bienes y servicios que presumiblemente puedan interesarnos más. ¿La parte mala? Parece que no nos queda otra opción que asumir esa evolución y ‘tragar’ con toda la publicidad que la web quiera ponernos en bandeja, nos interese o no.

¿Cuánto valen nuestros datos?

Teniendo más o menos clara la cantidad de datos que cedemos, cabe preguntarse si estamos haciendo un buen negocio al recibir a cambio de ellos el simple uso de determinada plataforma o servicio. Y la realidad es que, como en la mayoría de terrenos, no existe una respuesta unívoca.

Como ejemplo, un estudio de Mediabrands Marketing Sciences basado en una muestra británica asegura que los consumidores están dispuestos a vender su información personal por unas 500 libras esterlinas al año, lo que serían unos 690 euros. Y eso que, según el estudio, los usuarios confían más bien poco en el buen uso que se haga de ellos: sólo un 1 por ciento de los encuestados considera que las empresas tengan capacidad de cuidar esos datos. De hecho, 6 de cada 10 teme que los datos personales que compartan con ciertas empresas puedan acabar en manos equivocadas…

Habría que plantearse, del mismo modo, hasta qué punto será eficaz esa técnica de publicidad hacia la que nos lleva la Web 3.0, según la cual información de nuestro interés –al menos teóricamente- aparecerá constantemente mientras navegamos, a través de muy diferentes vías. De momento, el mismo estudio asegura que el 60 por ciento de los encuestados se sienten extraños ante la idea de que las marcas les persigan por la red. Tal vez el resultado sea el rechazo generalizado hacia las marcas que utilicen estas técnicas... o tal vez nos acabemos acostumbrando a que otro nuevo espacio se llene de publicidad.

Con este panorama, solo queda estar muy atentos a cómo evoluciona la situación y vislumbrar si el avance de las técnicas de marketing basadas en el 'big data' llegan a invadirnos hasta el punto de que se cree un rechazo directo y generalizado hacia esa posible intromisión. ¿Las soluciones? Servicios de pago a cambio de quedar libre de estudio, o una contraprestación económica a cambio de ellos. Quién sabe qué ocurrirá, además, con su fiscalidad.¿Estarían sujetos a IVA los pagos por esta información? ¿Habría que incluirlos en nuestro Irpf? Sólo el tiempo dirá qué nos depara la evolución de Internet.

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